
En la porción que acabamos de leer, vemos claramente como el rey Saúl se convierte en víctima de su propio invento.
Por razones de espacio no vamos a entrar a estudiar en detalle el punto de vista de Dios frente a los encantadores y adivinos (tema que trataremos en otra entrada), pero este pasaje refleja lo que claramente suele sucedernos a nosotros como creyentes cuando ponemos cargas a los demás que ni nosotros mismos podemos llevar. Cuando medimos a los demás con una vara diferente a la que usamos para medirnos a nosotros mismos.
Saúl es víctima de su propio invento, así como nosotros en ocasiones también lo somos.
Saúl había dado la orden apremiante de arrojar de la tierra y de manera inmediata a los encantadores y adivinos. Orden que en efecto fue literalmente acatada por sus siervos. Pero una vez el rey Saúl necesita de las predicciones de esta clase de gente, va a buscarla sin dudarlo un solo instante.
Los acababa de prohibir (encantadores y adivinos), pero el mismo ya estaba rompiendo su propia prohibición.
Que curioso que Saúl tuviese que usar un disfraz para que nadie supiese que estaba haciendo algo que iba en contra de lo que el mismo acaba de erradicar. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Piénsalo por un instante. ¿Seremos nosotros de aquellos que disfrutamos dictar ciertas normas (no bíblicas) que no se pueden romper, pero que ante la menor oportunidad y por conveniencia propia las estamos rompiendo? ¿Seremos de aquellos que disfrutamos el poner cargas pesadas (no bíblicas) sobre los demás, sabiendo que ni nosotros mismos las podemos llevar?
Esta mañana te animamos a no convertirte en víctima de tus propios inventos. Mira la Palabra de Dios y actúa conforme a lo que el Señor te pide en ella. No seamos de esta clase de creyentes que actúamos por conveniencia.
Que desechemos por completo esos disfraces que de alguna manera nos dan cierta seguridad, que por cierto es pasajera.
Nos vemos mañana,



